viernes, 15 de abril de 2016

Haikus y Ciencia

EVOLUCIÓN
Un cambio menor
distinguió al primate
como superior


GALILEO
El astro joven
Negado por la Iglesia
“Eppur, si muove”


HUBBLE
Bajo la lente
los astros se alejaron
y el cielo se abrió


EDISON
Las mil formas de no hacerlo
Fueron electricidad en su motor.
Su afán ilumina el tiempo.

lunes, 11 de abril de 2016

Leyendo entre líneas

Dejé la mochila debajo de la mesa, no sin antes sacar el libro que me acompañaba y que me tenía encandilado. “Paisaje de otoño”, de Leonardo Padura. El barco que cruza el Estrecho, además del trayecto con el cociente euro/kilómetro recorrido más disparatado del mundo, da cobijo a un microambiente peculiar. Con Gibraltar a un lado y el monte Hacho al otro, no puedo evitar pensar en lo putas que las tuvo que pasar Hércules para completar el trabajo que acabó por matarlo. La inmensidad del Atlántico da paso a la calidez mediterránea en esa estrechez anárquica entre dos continentes en la que nací yo. Un trocito de tierra atrincherado en África. Y la inmensidad del mar.

Como decía, el ambiente es peculiar. Gente que va por trabajo, que viene a ver a la familia, militares, estudiantes, comerciales, gente extraña y chavales que se ve a la legua que están pasando hachís o volviendo a casa después de haberlo pasado. La economía sumergida de mi ciudad natal da para escribir un libro, pero no sería bonito ni agradable de leer.

En fin, mi mente vagaba por estos derroteros conforme acariciaba el lomo del libro y me mentalizaba para mi horita de lectura reglamentaria, con el bamboleo del ferry y los azules de mar y cielo sazonando mi tarde, cuando la vi. La miré como se mira a un motero en una iglesia, o a un monje en una rave. Una mujer así suponía un desacato para con estas latitudes, alguien había rasgado el delicado manto del espacio-tiempo y había colocado, en una mesa cercana a la mía, a aquella mujer. Una melena leonada enmarcaba un rostro curvilíneo, y sin embargo su sonrisa era afilada como un cristal roto. Los dientes, cuadrados y regulares, deliciosamente blancos. Los ojos se tambaleaban entre el verde y el azul y tenían la profundidad de un pozo en el desierto. La nariz, pequeña y respingona, y además, ¡Cómo vestía! Imposible ir tan guapa y hacerlo tan fácil. Una blusa de un verde militar, que dejaba los hombros descubiertos, bañados por sus cabellos y que acababa a medio muslo, dejando entrever unas piernas contorneadas y morenas. El pecho, elevado, moría debajo de unas clavículas prominentes, y las manos, desnudas parecían suaves y eran rematadamente femeninas, pese a que se veían fuertes. Llevaba sandalias y yo no podía quitarme de la cabeza la idea de que pese a que no iba muy maquillada ni llevaba joyería a la vista, era la mujer más elegante del barco. Sus manos, su cabello cuidadosamente despreocupado, el vientre plano, el delicado cuello y la abundante carne de los muslos cruzados me hacían pensar en adornos que algún alfarero celestial hubiera moldeado con lascivia y con pericia, como queriendo ser la envidia de sus colegas etéreos.

Traté de retomar la lectura, y mi sorpresa fue mayúscula cuando la descubrí mirándome. Dirigió hacia mi sus faros azules y sonrió. Yo cerré la boca y levanté las cejas, en lo que fue un mal intento de saludo informal, y traté de concentrarme en el libro. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué me saludaba? Estaba prácticamente convencido de que no la conocía, y no soy lo bastante guapo como para justificar una aproximación tan innecesaria ¿Pero entonces? Y ahí se me ocurrió. El libro. Me saludaba por el libro. Seguro que, igual que yo, se fijó en Leonardo Padura después de que recibiera el premio Princesa de Asturias el año pasado y entre nosotros ahora fluía esa rara complicidad de los que han compartido enemigos o amantes. Entonces me vino a la mente una idea terrorífica. Nunca, en la historia de mis relaciones previas, había tenido una primera aproximación meramente intelectual, y sin embargo creo que es mi cabeza lo que hace que las que me quieren se queden conmigo. Es decir, mis relaciones acababan siendo paradójicas. Yo les llamaba la atención por mi seguridad y mi desparpajo, por mis cicatrices, por mis formas, pero se enamoraban de la persona introspectiva y curiosa que lleva el timón la mayor parte del tiempo. Y a veces las dos partes no terminaban de gustar, y de ahí mi doctorado en relaciones que no van a ningún sitio, pero eso es otra historia. Estaba frenético, algo dentro de mi había hecho click. “Joder ¿Me está pasando esto?” El detective Mario Conde, protagonista de la novela, llevaba diez minutos congelado en el mismo párrafo, que mis pupilas recorrían frenéticas y sin entender ni jota. Y yo notaba que sus ojos seguían buscando los míos. El pulso se me desbocaba. “¿Será esta la primera aproximación intelectual que voy a tener con una mujer atractiva? ¿Te imaginas que nos casamos, cuando le cuente a amigos y familiares que nos conocimos así, porque yo estaba leyendo una novela de Leonardo Padura?”

“Frena, toro. Tranquilo. La chica me mira y sonríe, y esto puede deberse a un montón de razNo me lo creo ni yo. Esa sonrisa quiere decir algo. Pasa algo, significa algo, estoy viviendo un momento catártico y soy demasiado lento o demasiado tonto para hacer algo inteligente ¿A qué se dedicará? Debe ser profesora. De infantil, tiene cara de eso. O de psicóloga. ¿Y si fuera veterinaria? Y se va a África a operar zebras. Estaría guapísimo…”

Y entonces ocurrió. Se levantó y comenzó a andar hacia mi. Yo dejé el libro sobre la mesa y la miré, tratando de mantenerme inexpresivo. Sus pasos eran ágiles y elásticos, parecía que el barco se movía en torno a un eje que pasaba por sus talones. Se sentó delante de mi y, apoyando la barbilla en su mano derecha, comenzó a hablar:

“Mira, espero que no te moleste, pero te estaba mirando porque estás sentado al lado del enchufe, y como estás con el libro, po’ tampoco lo vas a utilizar. Es que estaba hablando con mi novio y se me está acabando la batería, tú sabe, pero que si te da cosa o lo que sea, po’ tampoco te preocupe… Chiquillo, ¿Estás bien? Te has quedao así como blanco, si te da cosa…”

“¿Conoces a Leonardo Padura?”- interrumpí.

“No, ¿Quién es ese?”- Su sonrisa era un cristal roto clavándose en mi ventrículo izquierdo.

“Un amigo. Es que me sonabas de algo, y no sabía si él nos presentó. Y claro, siéntate, si yo voy a estar leyendo”


Nos sonreímos con cordialidad y la ayudé con su equipaje. El barco no se movió mucho, pero tampoco me concentré lo suficiente como para seguir leyendo.

domingo, 28 de febrero de 2016

Supernovas

Follábamos hasta quedar extenuados. Cuando escribo estas líneas, el corrector pretende hacerme escribir "fallábamos" y lo curioso es que la frase seguiría siendo cierta. Follábamos como si fuéramos siameses negando su independencia, con la certeza de que íbamos a dejar de ser jóvenes, follábamos viendo como el Tiempo alzaba su martillo para sacudirlo todo, pensando que las dentelladas de la vida dolerían menos si nos pillaban siendo uno. Y lo jodido es que ni la introspección, ni el mindfulness, ni la promesa en sus ojos, ni la sonrisa en mis labios podían eliminar un pensamiento recurrente: el martillo descendería, nuestros corazones de porcelana a hacer puñetas y recogeríamos los pedacitos mientras, entre hormigón y cristal, la incerteza y la entropía batallarían contra los paraísos perdidos. Y me imaginaba solo y la imaginaba con algún capullo con corbata, pensando en críos, hipotecas y en lo que podía haber sido. Eso es lo que más me jode. Que mientras nadaba en la luz de sus ojos no fui capaz de abandonarme del todo a ella. El Tiempo empezó a ganarme antes de que giraran los dados.


Después nos quedábamos abrazados, ella derramada sobre mi pecho y yo ocultando mi perfil en su melena. Mientras se agarraba como un monito a mis dedos o comentaba que le gustaba que fuera peludo, hablábamos de todo y de nada, muchas veces recitaba de memoria. Borges, Rimbaud, Bukowski, siempre Alberti. Luego nos callábamos y era cuando más decíamos. Una vez comencé a llorar sin motivo aparente y ella me acariciaba como si nada y cerraba los ojos. Luego habló con naturalidad. Yo supe que se dio cuenta y noté su amor, plano y puro. No necesitaba nada más. Me levanté y fui a por algo de comer. Puse música. Sonreímos. Y volvimos a entregarnos al juego más antiguo del mundo, mientras la ciudad se apagaba para escucharnos y en mi habitación estallaban supernovas.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Mujeres

Me gustan las mujeres
directas, francas,
como los poemas,
sin pelos en la lengua,
que tengan que decirme
no seas gilipollas,
aunque no sean esas palabras,
que me baste para entenderlo.
Pero detesto a las neuróticas,
avasalladoras, estrictas,
con una pedrá tan gorda
que parece un monumento al coñazo,
chupópteras de energía,
segadoras  de alegría.

No me gustan, igualmente,
las sumisas, complacientes
de un ya se verá,
de un vale cariño,
como tú digas.
Me gustan dulces,
pero la dulzura de fruta madura,
no de retoño,
no de suavidad aterciopelada,
no tan azucaradas que empalaguen,
no que tengan que demostrar afecto público
para sentir que la quieren
o que las quieren.

Las prefiero como el viento
que besen cuando quieran besar,
ni como una rutina,
ni como una excepción.
Me gusta sentir que aquí
no hay nada ganado,
que esto no va de moros y cristianos,
que no son cruzadas ni aquí se conquista a nadie
hasta dejarle desprovisto de sí
permitiéndole ser sólo por dejarse ganar.
No,
esto se renueva 
constantemente
por convicción,
sin ser una batalla ni una guerra,
que siempre dejan la pestilencia amarga
de orgullo sentenciado,
de perdedores al paredón,
de esclavo en una galera
coronada por la incierta bandera
del falso amor. 
No quiero tener que cuidar de nadie
por norma,
sólo en la necesidad
igual que espero hagan conmigo.

Eso,
es lo que espero
y es lo que espero dar,
aunque a veces sigamos siendo
unos malcriados niños
lloricas y egoístas,
que mandan todo a la mierda
porque sólo quieren jugar.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Errores

Errores

Hoy vuelvo a esos andenes en los que no te besé para despedirte,
y entiendo que te quise para siempre
hasta que dejé de hacerlo.

Vuelvo a la plaza en la que debí pasar más tiempo con mi abuelo,
cuando Roberto Carlos era el mejor y yo era,
a fin de cuentas, inocente.

Vuelvo a las calles que me dieron amigos para toda la vida, amigos
que a la larga me fallaron, o les fallé, o lo que es más probable:
diferimos en cuanto a expectativas.

Y aunque voy a seguir fallando, voy a tratar de fallar mejor.
Y así sigo, casi sin tiempo e insomne, pero clarividente cuando te digo
lo que los romanos parecían tener tan claro: 

Que carpe diem, que tempus fugi
y que a vivir, como a besar,

se aprende improvisando.

viernes, 30 de octubre de 2015

Siempre estaré ahí

Siempre estaré ahí (o una declaración de intenciones que se quedó en nada)

Te dije “Siempre estaré ahí”.
Y estuve ahí, en los lunes de ojeras
Y en los martes de desidia, 
En los miércoles de paciencia
Y en los jueves de esperanza,
En los viernes de gloria
Y en los sábados de fracaso.
En los domingos de reposo.
Estuve ahí, cuando me necesitaste y cuando no.

Estuve ahí cuando tus otros amigos
Te abrían puertas cuya existencia yo desconocía,
Estuve ahí cuando el humo verde vino para quedarse
Y comenzó a nublar tus pupilas.

Y ahí seguí cuando el demonio comenzó a soplar
Ese maldito polvo blanco sobre tu vida.

Ahí seguí mientras tu silueta y tu DNI
Se desdibujaban paulatinamente.
Ahí seguí, para ti, aunque ni tú sabías quien eras.

Y ¿Sabes lo mejor?
Yo sigo aquí, amigo. 
Te dije “Siempre estaré aquí” y estaré aquí siempre.
Pero cuando te miro no te veo.

¿Dónde estás?

martes, 13 de octubre de 2015

Mi perspectiva en 143 palabras

Mi perspectiva en 143 palabras

Conocí la curiosidad
viéndote sentarte, sola entre todas, toda tú media sonrisa 
y los ojos entrecerrados.

Conocí el ansia
mirando el teléfono cada dos minutos, muchos pares de minutos,
buscando en el vidrio negro una respuesta a mis mensajes y a mis plegarias.

Conocí la excitación
sintiendo tu abdomen bajo mis dedos ásperos, escuchando
tu respiración acelerada sobre mis orejas frías. Tan cerca.

Conocí las dudas
y no te las sé describir, porque sus contornos se comban y
se difuminan y sus voces son muchas y disonantes.

Conocí los celos
viéndote alzarte digna y risueña entre maniquíes de cartonpiedra
que te prometían amaneceres brillantes.

Conocí el amor
cuando me miré por dentro antes de mirarte a ti. 
Y como suele pasar, había estado mucho tiempo ahí, 
esperando ser regalado.

Y ahora te quiero y te busco
y con la lucidez del marginado
te anhelo en mil noches frías.